viernes, 26 de agosto de 2011

El moustro de Florencia.



Por: Sonia López Azueta/ FUNDACROVER Italia

Noche veraniega florentina, del 22 de agosto de 1968, obscura, sin luz de luna. Los cipreses como flechas apuntando hacia el más allá, en las desiertas colinas del campo toscano. Es momento de transgresión,  Barbara Locci y Antonio Lo Blanco entrelazan sus brazos en las primeras manifestaciones del amor prohibido. La respiración entrecortada de los amantes cesa de cuajo con ocho disparos de una Beretta 70 Long Rifle calibre 22, compartidos a mitad en esa última entrega. Natalino Mela despierta en el asiento trasero del Alfa Romeo Giulietta y es hasta las dos de la mañana  cuando toca a la puerta de una habitación, a dos kilómetros de distancia. Un padre de familia se asoma a la ventana para escuchar al confundido niño de seis años decir: “abre la puerta, tengo sueño y papá está enfermo en cama; luego llévame a casa porque mamá y mi tío están muertos dentro del coche”.

Las sospechas como responsabile del delito recayeron inmediatamente sobre el esposo de la mujer, Stefano Mele, un obrero de orígen sardo. Mele admitió que su mujer contaba con numerosos amantes a quienes incluso él toleraba en casa. Tras tratar de inculpar a alguno de los hombres con quienes Barbara tuvo relaciones, finalmente se declaró culpable no sin antes haber cambiado su versión en varias ocasiones; a los jueces aseguró haberse deshecho del árma homicida lanzándola a un río. Mele recibió una condena menor correspondiente a 14 años de prisión al descubrírsele reducido en sus capacidades mentales.

Durante el arco de casi dos decenios se registraron otros siete asesinatos dobles en condiciones horrendamente similares. Partiendo de los hechos, los rasgos físicos y de personalidad del despiadado criminal, lo describían como una persona extremadamente peligrosa, inteligente pero inmaduro sexualmente, de un metro con ochenta de altura, habría iniciado a matar a los 25 años. Fue conocido como “el moustro de Florencia”. Sus víctimas, jóvenes parejas, eran privadas de la vida con la misma arma de fuego, durante noches de novilunio o particularmente obscuras entre las 23 horas y la media noche, en lugares apartados a donde iban en busca de intimidad. El asesino se ensañaba especialmente con la mujer: después de asesinarla a tiros la colocaba fuera del automóvil y propinaba numerosas puñaladas al cuerpo sin vida. En el segundo de los asesinatos, ocurrido en el 74, se encotró un fragmento de vid introducido en la parte íntima de la muchacha. En cuatro de los casos el asesino extirpó el pubis de las desdichadas jóvenes, utilizando un arma blanca y en los últimos dos cuerpos femeninos, el pecho izquierdo fue mutilado. Una sola pareja se conformaba por hombres de orígen austríaco, lo cual pudo ser un error del moustro al confundir el aspecto de uno de ellos.

Los últimos victimados eran visitantes de origen francés, fueron encontrados el 8 de septiembre de 1985, al interior de la casa de campaña donde pretendían pasar la noche. Un fragmento del seno de ella fue enviado al día siguiente por medio del correo nacional, dentro de un sobre destinado al único miembro del sexo femenino involucrado en el caso como parte acusadora, la agente del Ministerio Público Silvia della Mónica. Después de este último delito que desafió abiertamente a las autoridades, el delincuente no volvió a cobrarse vidas.

Los homicidios iniciales fueron cometidos mientras Mele permanecía en prisión, por lo que las investigaciones se dirigieron entonces hacia la compañía de amigos y amantes de Barbara Locci, de los cuales algunos fueron detenidos precautoriamente más adelante, siguiendo la denominada “pista sarda”. Más los sucesos sangrientos siguieron ocurriendo en una cadena de intrincados eslabones sin que se haya podido aclarar jamás quien sea el verdadero autor. En 1991 las investigaciones llevaron hasta un tal Pietro Pacciani, acaudalado campesino de modos violentos y ordinarios, cuyas características de personalidad no conjugaban con el perfil del moustro. Pacciani se encontraba en prisión por abuso sexual cometido contra sus dos hijas; había purgado una pena en el pasado, al haber eliminado al amante de su adolescente primera mujer, luego de sorprenderles cometiendo adulterio mientras ella exponía el seno izquierdo. Las acusaciones hacia Pacciani mutaron de manera impredecible y pasó de ser condendo a cadena perpetua por la serie de homicidios, a ser absuelto en juicio de apelación. La corte de casación ordenó la reelaboración del proceso pero Pacciani murió debido a causas no del todo claras, en calidad de indiciado no culpable. Los amigos de Pacciani, Mario Vanni y Giancarlo Lotti, ambos también de perfil intelectual no muy brillante, fueron acusados de complicidad y condenados a cadena perpetua el uno y a 26 años el otro. Pacciani y Vanni se declararon inocentes siempre. Vanni solía responder con exasperante insistencia a preguntas formales y específicas elaboradas durante los interrogatorios, que él lo único que había hecho junto a Pacciani eran “meriendas”; su expresión difundida por los medios hizo que los tres fueran conocidos desde entonces con el término irónico de “compañeros de merienda”. Lotti en cambio los señaló y se autodeclaró culpable del homicidio de los austríacos, proporcionando detalles que, sin embargo, eran contradictorios o incoherentes.

Tesis adicionales sobre la naturaleza de los delitos, identifican como el moustro, a Francesco Narducci un doctor ginecólogo, catedrático de la Universidad de Perugia, cuyo cuerpo sin vida fue encontrado en extrañas condiciones flotando sobre las aguas del Lago Trasimeno, en 1995. Cartas anónimas e interceptaciones telefónicas levantaron sospecha acerca de la intervención de una secta masónica a la cual pertenecía el padre del Doctor Narducci, agrupación que habría tratado de esconder el escándalo de la responsabilidad del médico en los delitos de Florencia. El cuerpo de Narducci fue exhumado para descubrirse un cadaver en perfecta conservación, que no mostraba señas de  ahogamiento sino de extrangulación. Más adelante, un subsiguiente giro lleva a considerar como responsable de los asesinatos de las parejas a Francesco Calamandrei, un farmacéutico, acusado por su esposa (afectada de un mal mental) de utilizar las partes humanas para efectuar misas negras. Bajo estos puntos de vista, Pacciani y sus compañeros habrían sido los autores materiales, enviados por parte de un grupo con fines esotéricos, quienes efectuaban ritos en los que probablemente participaban distinguidos exponentes de la sociedad florentina.

La hipótesis considerada en los últimos años, es la del asesino solitario en serie y es la misma que sostiene Mario Spezi, periodista involucrado intensamente en el caso como investigador, motivo que le costó el arresto y dentención por 23 días luego de haber sido acusado de desviar las investigaciones y utilizar pruebas falsas. De la mancuerna articulada por éste y el destacado autor estadounidense de obras de suspenso Douglas Preston, ha nacido “The Monster of Florence”, best seller que se ha mantenido por varias semanas en los primeros lugares del New York Times y cuyos derechos han sido adquiridos recientemente por el actor y productor Tom Cruise. Destinada a transformarse aprentemente en una gran producción cinematográfica, con Gorge Clooney en el papel de Douglas Preston, esta obra hace emerger al asesino siguiendo la pista sarda, y lo personifica en “Carlo”, pseudónimo otorgado al hijo de uno de los amantes de Locci quien reuniría las características del perfil del homicida; entrevistado por Spezi, “Carlo” revela datos que lo involucran directamente con los sospechosos. Esta línea fue seguida en su momento por los investigadores para luego ser abandonada. Una teoría adicional es la del asesino uniformado que habría actuado bajo protección del gobierno y autoridades. Todas las suposiciones basadas en controvertidas pruebas o bien carentes de ellas, no han culminado en sentencias resolutorias convincentes y probablemente el maníaco se mezcle aún entre la gente.

Por su complejidad el increible caso del moustro de Florencia, que cambió los hábitos de las parejas temerosas de apartarse de los centros urbanos, es el más largo e intrincado de la historia policíaca italiana y el primero en considerar como probable culpable a un asesino en serie. Por cuarenta años ha volcado la pluma de periodistas, abogados, criminólogos y escritores, en cientos de páginas y obras que componen varios volúmenes, series televisivas, “audiolibros”, reportajes y filmes, donde se concentran múltiples elementos inquietantes: archivos secretos, la participación del FBI en las indagaciones, pericias balísticas, ecuaciones matemáticas, numerosos indiciados, muertes sospechosas, cartas y llamadas anónimas. El misterio sin resolver, nutrido además, por símbolos esotérico religiosos como las noches de luna obscura, que en la magia negra son dedicadas a Lilith, la esposa de Satanás; el horario y los meses del año elegidos para matar; las mutilaciones, el amplexo, el fragmento de vid y la pirámide trunca encontrada en una de las escenas del crimen, provoca una fascinación macabra que aún no termina.