lunes, 10 de enero de 2011

Tres en uno,Flores bajo tierra.

 
Tres en uno
Gabriel Fuster

Libro de viajes, de poemas y cuentos, Polo Club, de Gabriel Fuster (Conaculta-Ivec, 2010) continúa una larga trayectoria de literatura antisolemne, postsurrealista, neobarroca.
            Polo Club fue uno de los primeros títulos publicados en la Colección Bicentenario-Centenario, así que empieza con un grito de ¡Viva México! y un proverbio de origen dudoso: “Burritos no son lo mismo que tacos, pero tienen chile”, y sigue con una aclaración: para ir al Oriente un Casio sirve tanto como un Rolex.
            Llegar a Japón cansado es algo extraño pero vale la pena si se concluye un nuevo libro que tiene como guía a Marco Polo, el atrevido hijo de comerciante del siglo XIII que se volvió escritor para contar su viaje: Gabriel Polo entra al club de Marco Fuster.
            Siempre hay alguien que da cursos gratis acerca de lo diferentes que son chinos y japoneses, pero quién les hace caso: black is black. Supongo que a ellos tampoco les agrada, cuando viajan, que les digan cómo es que no son lo mismo argentinos y mexicanos, o los de Chiapas y los de Sonora. Los turistas europeos atraídos por la región maya no reconocen a los descendientes de éstos, encarnados en yucatecos que trabajan como guías de turistas.
            Los primeros españoles que llegaron a América se volvieron exploradores pero no sabemos cómo fue la transición que los convirtió en turistas. Un viajero se vuelve pescador esperando que “Pie Grande” llegue antes de que una trucha se trague el anzuelo. Los turistas aparecen cuando un comisionista les asegura que el primo de “Pie Grande” fue visto en China. Y claro que un autobús panorámico no es cien por ciento seguro, según vimos en la Babel de un cineasta apodado “el negro”.
            Total, el turista se deja llevar por rutas seguras y lo que más le preocupa es que los dólares le alcancen para comprar “recuerdos” y no perder el vuelo de regreso.
            A un presidente que hizo unos cuantos viajes de promoción le llamaron López Paseos. ¿Cómo llamar al que despacha y duerme en avión la mitad de un sexenio? Un boletín oficial informa que no estaría bien visto que apareciera un suplente, en un mundo globalizado, que un diplomático de planta ocupe lugar en fotos en cuyos pequeños pies, o en una maceta decorativa, se lea: “vuelva mañana, el jefe anda de viaje”.
            Así el viajero se vuelve turista: no pasa el verano en el campo, descansando, sino unos días en aviones, taxis, en el tranvía que sube el Pico Victoria, en Hong Kong, cuenta Fuster, muy cansado. ¿En los tratados los diplomáticos chinos aceptaron conservar (con su bar) los nombres coloniales, como el de la reina Victoria en un peak y en otros sitios: harbour, bay.
            Cuando Oriente se abrió hace un siglo, el afrancesado poeta José Juan Tablada fue a Japón y escribió un libro sobre el arte de la estampa: Hiroshigué y se robó el secreto del haikú. Otro poeta y diplomático, Manuel Maples Arce, veracruzano, también anduvo por allá y escribió sobre el arte japonés. Les siguió el poeta, narrador y viajero Gabriel Fuster, quien vio la devastada Hiroshima y otros sitios.
            Viaje relámpago, apenas hay tiempo para anotar algunos nombres sin volverse pólvora del tren bala y para reflexionar sobre los ideogramas según Pound-Fenollosa y las dificultades de los idiomas. Nos quedamos sin entender por qué la prisa, el culto a la eficiencia y la sobreproducción, por el excedente, mientras Fuster se refugia en el recuerdo de E. M. Foster y los trenes calentados con carbón y admira a la mujer que atiende la ceremonia del té. Buena idea, en México podríamos llevar a los turistas a pulquerías VIP, sólo para ellos.
            Viaja Fuster por Singapur y conoce su prohibición de fumar (apenas establecida en España, en enero de 2011), y anota un chiste de los nativos: “tener una sección de fumar en los restaurantes es el equivalente de tener una sección de orinado en las albercas”. Con humor envidiable, Fuster sigue con arroz y nuggets de pescado frito, con el control natal, con el tamaño del país, en el que apenas cabe un campo de golf.
            En Tailandia la pareja de Fuster aclara, pasaporte en mano, que es oriental de México, lo que no evita que el viajero sienta miradas antisecuestros y el atraco de visas de entrada, de permanencia, de salida: 75 dólares por ver un país que adora los rasca… (edificios con aspecto de pene, aclara el escritor). Los promotores pueden animar a sus clientes con los brincos de Ting, el personaje de Ong Bak, donde un birmano dopado le gana al tailandés corrompido por su tío, episodio nunca visto en El avispón verde.
            No es necesario ir a Hong Kong. Igual que allá, en la colonia Anzures, D.F., hace más de viente años pudo uno empezar a ver a los vecinos lavarse los dientes por las ventanas de sus departamentos gracias a los ingenieros con el mal de los mirones que diseñaron los pasos a desnivel del sexenio: del Circuito Interior a Mazarik, o del Camino Real al Ángel de la Dependencia.
            Y para qué salir del aeropuerto si el precio es lo que cuenta: duty free o la competencia en primer lugar, paisano. Los ingleses se fueron en 1997 y dejaron sus refrescos de cola traducidos con cólera, es decir, forzadamente. Propongo una tiendota en mi ciudad que venda camisetas de todos los países, para coleccionistas que no viajan.
            ¿Y China? Hay que leer con cuidado esa parte del libro, pues tiene secretos largos como la inevitable muralla. Docena de Budas a diez dólares. El ejército de terracota. Una pelirroja que cambia su t shirt por consejos y un supositorio.
            El libro de viaje se transforma en poemario: Catay y Cipango (China y Japón). Vemos un biombo, “día interceptado”; la labor de traducir lenguajes, ideogramas, blanco y negro: “los pinceles instauran una paciencia gradual”; un abanico de breves poemas, haikú, en la tradición importada por Tablada y promovida por Japan Air Lines en 1994 (que Fuster comparte con Rocío del Alba, Marianhe Jalil y Jorge Hernández Utrera).

            Empuja el viento
            los velámenes blancos,
            alas de cisne.

Y termina con tres cuentos. En el primero hay un incesto que parece corresponder a un suceso vuelto leyenda. El segundo es un cuento perfecto de terror. El tercero es un encuentro feliz entre mujeres que descubren que pueden enlazar los cabos sueltos que dejan los supermercados.
            Ficha bibliográfica: Polo Club es el título más reciente de un escritor con una sensibilidad desbordante y sin escrúpulos, de manera que incluso sus datos biográficos han cambiado la invención por la información:
            Fuster dice de sí mismo que “decide escribir luego de encarar el engaño de sus padres, que le hicieron creer que fue criado en las junglas de Birmania por una tribu de gorilas, entre los cuales fue afectuosamente conocido como Koontzo antes de firmar con su actual nombre artístico”.
            En otros de sus libros ha utilizado nombres de sus amigos y de personajes públicos para realzar las historias que cuenta, al grado de que los lectores pueden pensar en la libreta de anotaciones de un reportero ladino (palabra cuya etimología pasa por los pasatiempos de Bin Laden o cualquier otra vuelta de tuerca que le de el autor, como en el caso del tercer cuento, que rescata de Shangai a Rita Hayworth mediante una digresión prodigiosa de la memoria cinematográfica de Fuster.
            De manera que los fríos datos académicos y la materia prima de poemas y cuentos son meros caldos de cultivo de un género arrevesado, novedoso, entre un postsurrealismo y un neobarroco, como escribí al principio, que goza con juegos intelectuales como quien revuelve las piezas del dominó. Irreverente, Fuster es un gran artista de la palabra, el calambur y otras sutilezas.



Flores bajo tierra
Jesús Garrido
 
El poemario más reciente de Jesús Garrido consta de dos partes: “Jardines inhóspitos” y “Rosarios” (Conaculta-Ivec, 2010). La referencia que surge enseguida es el poema de Jaime Sabines, “Doña Luz”, de una intensidad que conmueve aun a los más fríos lectores.
            Es común el uso de la palabra jardín para indicar con suavidad la triste, oscura palabra cementerio. Garrido agrega dureza y nos dice que se trata de lugares inhóspitos, aunque tenga flores. Y con la frase “la tierra es plana” (pág. 20) constata uno de los actos más dolorosos de la vida humana, el de su final, que en el cementerio, donde reina la soledad, refleja el sentimiento de la gente, ocultando lo que hubiéramos querido eterno. Así que otras palabras que están en esos jardines constituyen pasajes imposibles de transitar para quienes nos quedamos viendo sin ver bien: huecos, cuencas, hondonadas, pozos, oquedades, incluso hay sueños en las profundidades que no conoceremos hasta nuestro propio final: ¿adónde van los seres queridos al morir?
            Jardines inhóspitos es un canto desgarrado por la ausencia definitiva de la abuela, cuya segunda parte sigue el recorrido de su hija, Rosa, que es flor y plegaria: rosario. Con versos cortos, como lágrimas discretas, los poemas abren con fuerza el alma que duele, mientras la memoria incansable lastima con sus recorridos los días que fueron sucediéndose naturalmente.
            Entregados a la celebración de fuegos de artificio, los poetas se miran en paisajes y oyen sonidos donde los cuerpos son sombras; esquivan la muerte, se buscan en su soledad. Con Jesús Garrido, un día la ambulancia se lleva la vida y el atardecer que sigue abre un otoño de flores ignoradas, donde se mira todo con otros ojos, en silencio. En un rincón, las raíces de la poderosa ceiba buscan escapar con “sueños muertos”, en “una ciudad minúscula en penumbras”.
            Viene a nosotros el relato de las catacumbas donde los cristianos primitivos se reunían: la tierra tenía una entrada y muertos y vivos se acompañaban. Las costumbres, hasta la instalación reciente en Veracruz de hornos crematorios, no variaron y echamos tierra en la sepultura, echamos llave a la puerta de la cripta y nos vamos.
            Pero el poeta ve alrededor, ve a su madre cuando era niña y señala las flores de este sitio que no es jardín.
            “Pienso una flor, / fugaz, / como cualquier otra, / madurando la muerte / desde el botón y el rocío.”
            También recurre al adjetivo marchita, y más, implacable: “parásita y doliente, / sin fe, / sin tallo, / sin pistilo, / hueco en la retina, / pozo de agua virgen”, escribe: “flor a la deriva / entre los monumentos de las tumbas, / sobre el montículo de luz / y tierra medular, / entre el hormiguero / de espaldas púrpuras y negras”.
            Un jardín donde la flor “no crece”, es un lugar inhóspito y por ello queda abandonado. Sin personas no hay flor que quiera vivir. El jardín, cruelmente, parece mostrar un letrero que advirtiera: lleva tu dolor contigo, aquí viven los muertos solos.
            La escena ya está en el corazón de cada deudo, se metió por un hueco en la retina. Lo dice Garrido con dureza y claridad: “Aquí no crecen las horas” y “un no sé qué de bárbaro / arranca de cuajo la memoria”.
            Sigue en el libro la parte titulada “Rosarios”, donde ocurre algo singular: la voz poética es ahora la de una mujer. En la tradición católica, al sepelio siguen días donde los deudos se reúnen y rezan, un rosario cada día. Esta palabra, como dijimos antes, es nombre de mujer, como Rosario: “Mi nombre es Eva / pero también Rosario”, confirma Jesús Garrido (pág. 36), y como Rosa, que es además flor.
            Rodeada de muerte, Eva, Rosa, Rosario es reconocida como la que sufre. La muerte, que “aparece sin previo aviso”, crea una atmósfera donde el hombre es una ausencia. Siguen dominando palabras como oquedad, ahuecadas, ahonda.
            Postrada, la mujer repasa su situación: “nadie sabrá más de mí / sino por aquello que lloro”. Pero se recupera. Juzga al hombre, le descubre cierto comportamiento de niño, una equívoca manera de ser hombre. Acompañado de fantasmas, no podrá salir de la tumba adonde está por la imposibilidad de unirse a nadie: “nada de lo tuyo es cosa nuestra”.
            Ella se planta entonces, “serena y circunspecta / en el centro del día”, cuando reconoce que “la felicidad es esta sopa caliente, / el cotidiano placer / del guiso y el arroz sin pretensiones”.
            Y no estoy seguro que esto sea el siglo que querrán recorrer las mujeres reales, por lo que sigue el vaivén de lo impreciso:

            “Ni tú ni yo sabemos más
que el bullir de los números silvestres,
            sin forma, sin amor, sin deseos.”

Es el callejón sin salida de siempre: él no está y ni convertido en ella por unas páginas sabrá qué pasa del lado de allá, por las cuentas que repasan sus dedos.
            Quienes aseguran que la poesía es un caleidoscopio donde cada lector se detiene en la figura que lo encandila, se pierden el viaje de exploración en pos de las huellas que fue dejando el creador. Toda lectura va abriendo caminos y al final reconocemos que mucho hemos dejado en las orillas, pero habremos descubierto hacia dónde se dirigió y si llegó con bien el poeta.
            Jesús Garrido consolida con este libro una obra relevante en la literatura mexicana contemporánea.

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