lunes, 10 de enero de 2011

La tierra vista por aves y una mujer, Erotismo en el nuevo siglo

La tierra vista por aves y una mujer
 María Cuthbert    




En un elocuente prólogo, María Cuthbert se adhiere a México, a la poesía en español y hace una aportación a lo que considera factores constitutivos de la composición poética: la tradición y la “desmedida libertad” que conviven en la literatura mexicana. Adhesión, como el apoyo que se da a un partido político u otro; además, tributo al trabajo de la mujer, desde una poesía que subraya su identidad femenina. También leemos que Siglos de aire (Conaculta-Ivec, 2010) recoge poemas escritos entre 1978 y 2004, en México y Estados Unidos.

            Una descripción somera del libro de Cuthbert, sin fechas guía al calce, que abarca un periodo largo de escritura, traza líneas de ascenso, el cielo es el mejor lugar para mirar qué pasa en la tierra, de allí el deseo de volar, la admiración por las aves, primero, y por animales y flores después. En el espacio intermedio pasa el tiempo, “esencia volátil” (pág. 23). El águila “en el tiempo y entre elementos nada” (pág. 62).

            Cuthbert le da un lugar destacado a los árboles en general y entre ellos a sicomoros y sauces. Alrededor, flores: hortensias, nardos, gardenias y buganvillas, y un fruto, el durazno. Y animales: caballos, pericos, mariposas, abejas, cangrejos, ranas y un pez. Su poesía es amorosa, pero no conserva imágenes de regocijo o desengaño; es una poesía que interroga la vida de la poeta en un tiempo y en un lugar. En la tierra está su familia, padre, abuela, tía, hermano, hijo, aunque el paisaje puede ser aéreo o marino. El hermano de viaje vuela sobre el océano. El padre es acogido, sus cenizas, “en mares del golfo”.

            Cuthbert acepta los retos formales de la poesía y escribe varios sonetos y octavas reales. Adopta a Sor Juana y sigue a Ida Vitale (poeta uruguaya que vivió en México y que ahora vive en Estados Unidos).
            Hay varios poetas, a los que denomino juguetes, pues representan el placer de la escritura más que el desarrollo de un tema definido. El más sorprendente es el titulado “Poema de cabeza”, para cuya lectura uno debe voltear el libro y buscar las equivalencias de los signos utilizados: el 13 al revés es un El. Pero hay otros: “Cuando rompe la ola, no rompe; el mar juega a tocar su piano en la arena” (pág. 47).

            En el vaivén entre tradición y libertad que señala Cuthbert vemos el camino que va de Sor Juana a Ida Vitale y que pasa por la otra vertiente de esta poesía, la de los cantos dedicados a la patria.

            Debemos a Gabriel Méndez Plancarte (1909-1955) la edición de las obras de Sor Juana que publicó el Fondo de Cultura Económica en 1951. Octavio Paz concluyó años después su estudio sobre la monja-escritora, ante el que Tarsicio Herrera Zapién reaccionó con un libro-crítica: Buena fe y humanismo en Sor Juana (Porrúa, 1984), y con un ensayo aún inédito: “¿Puede Sor Juana descansar en Paz?” (1995). María Cuthbert disertó sobre Sor Juana y Paz en Estados Unidos en 2004.

En el poema “Noticia del mundo” Cuthbert visita la tumba de Sor Juana, a quien considera “portentosa”, a quien mira desvanecerse “dejando tus palabras solas”. Hay en el poema un verso que destaco: “se desangra, se desgrana, se desgana”, para enlazarlo con otro, del poema “Amiga”: “de la vieja patria, de la patria amiga y de la patria nueva”. En este poema, María Cuthbert visita la cocina de la poeta Ida Vitale, allí el azar se torna azahar, en un jardín de sílice, agrego yo con el título de uno de los poemarios de Vitale.

Transcribo el poema “Imagen”, que muestra la prosapia de Cutberth.

“Selénica imagen que a tu existencia lleva
transfiere tu alma y a tu cuerpo deja
aunque te sepa yo presente
no hay retorno
no hay visión que tu presencia muestre
luminosa noche de color ausente” (pág. 54).

Del engarzar palabras que tratan de seguirle el ritmo a la música de la versificación española, hay un aprendizaje que Cuthbert extrae de Sor Juana y que reconoce en Vitale: “No seré yo la única que te canta”, dice, y se mete a trabajar con brasas y combustiones (vista, cielo) y obtiene “humo encapsulado entre las gotas”.

            ¿Qué ocurre con las octavas y los sonetos que enriquecen el libro de Cuthbert? Son síntesis musicales de una sensibilidad que, repito, no se pierde en amores, sino que ama las palabras, que ama elaborar objetos de arte, poemas.

            Me detengo en dos poemas que hacen compañía a la música, guitarra aparte, que deja intocada. En “Música de cuerdas” (pág. 58) leemos:

            “sabe a durazno el sonido de ese chelo
no huele a nardo ni a gardenia
sino a lluvia
se siente castaño y púrpura
y verde si te quiere tanto
te sigue con pálida sonrisa moribunda”

Y en “Afuera” (pág. 59) pone a vibrar voces: “hacia tu luz tenora”, “soprano veta / de tu voz callada”. En una “ráfaga de música” obtiene una sensación sin par: “cosquillea la garganta /del árbol de las flautas largas”.
            Por fin, volvemos a los vuelos de María Cuthbert y atestiguamos una caída. Trata de recordar: “el sonido de mi cráneo en el concreto”, y se pregunta: “¿Sigue aún el alma en mi cuerpo?”.

            La poesía es construir con sonidos, es música que también puede verse, es un pasaje de vida que dicta momentos de alto nivel artístico. Una palabra, el paso de los tiempos que une a mujeres distantes, la vida, como la nostalgia por la patria (sabores, olores, colores), el atravesar el espejo otra vez para ver más, para ver mejor. Subir, caer a veces, estar interrogando el lenguaje para divulgar sus secretos.

            A esto alude María Cuthbert al final del prólogo de su libro Siglos de aire:
            “Estos escritos son un tributo al trabajo de la mujer como colaboradora, amiga, pariente, la india, criolla, mestiza, mulata, y a todo lo que el México de hoy puede hacer, pudo hacer hace un siglo, hace dos siglos y podrá seguir creando a partir de las mujeres”.



Erotismo en el nuevo siglo
Juan Díaz



En estos años se han publicado libros de poemas como nunca antes en México, prueba de ello es el Mapa poético de México, publicado por Adán Echeverría y Armando Pacheco en Yucatán y que incluye incontables poetas nacidos entre 1960 y 1989. Encontrar un poeta como Juan Díaz (seudónimo), que se estuvo preparando como si fuera atleta para una competencia internacional, no es algo que ocurra todos los días. Me explico: escribir poesía puede ser un deporte y el poeta alcanza trofeos y medallas sin proponérselo. Todo poeta es un campeón, pero entre poetas hay diferencias.
            Juan Díaz dio a conocer Animalias (Conaculta-Ivec, 2010) como si hubiera un público lector preparado para recibirlo. Juan nació en Xalapa, estudió en el puerto de Veracruz, trabajó en Aguascalientes y Guanajuato, ahora vive en Guadalajara.
            Es un misterio, que espero se conserve así por mucho tiempo, cómo el estudiar Psicología abre las puertas a zonas de la literatura poco exploradas. Hace tiempo, Luis Martín Santos (1924-1964), director del siquiátrico de San Sebastián, fue una sorpresa en la narrativa con Tiempo de silencio (1961). Su tesis doctoral se titula Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental (1955). El libro de Juan Díaz viene a agitar un estado literario más o menos quieto.
            Animalias es un libro de exploración en la mente literaria, como quien hace un análisis de mentes inestables. Vale decir que los poetas paisajistas escriben uniendo palabras que lanzan chispas. Otros poetas dejan  que el pensamiento ande libre por todos lados, en busca de novedades. Juan Díaz pone en relación (sinapsis) lo primitivo que no deja en paz al ser humano más dueño de su época. Es lo que pasaría en un anuncio de Armani si el modelo sale a la calle desnudo. Juan Díaz llama a sus textos “odas posmodernas” en un pequeño prólogo; también los llama “arte epigramático”.
            A los lectores que les da por recorrer sin sobresaltos libros que confirman el estado actual del lenguaje, se estremecerán con los hallazgos de Juan Díaz. Sabemos que los cambios en el lenguaje común y en el literario son lentos, imperceptibles. Juan Díaz establece un reino donde él es el soberano que dispone de vidas y bienes, se expresa entonces con total libertad y el lector, que se busque el diccionario etimológico de Corominas: ¿cuándo dejó de usarse la frase “a pie puntillas”? ¿O sigue en uso? La tecnología avanza y la gente retrocede, vuelve a la edad media donde encuentra su yo anterior, salvaje. La palabra eugénica es la corona del corpus poético. (Eugenesia: aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de la especie humana.)
            “Sobre la planicie de la ocurrente, primigenia invención eugénica, hicimos la puebla de la terredad, anduvimos encuerados de orografía de los otros, aprendiendo a usar del cuerpo, de olores y de suavidades, a reconocernos en primeras veces a gatas y chillidos.”
            El paraguayo Augusto Roa Bastos tituló una de sus novelas Hijo de hombre, frase fuerte que dejaba en las orilla el mito del origen divino. Juan Díaz busca más y encuentra a los humanos desnudos y en estado animal, lo que hemos traído hasta nuestros días.
            “… en castigo nos arrinconaron, chancla justa, fusta, periódico enrollado; daban ganas de trepar por las paredes y buscar la grieta, la madriguera; a cambio pensamos la hoja de parra: olvidamos.”
            Los siglos cambiaron la fusta por periódicos enrollados, aunque hay lugares donde no se ha dado tal cambio. Entonces la palabra clave para entender que andemos vestidos es olvido: cubrimos nuestra desnudez y con ello olvidamos el lugar de procedencia, la parte animal que en la actividad sexual aflora.
            El libro contiene partes tituladas “Animalia de los silencios”, “Animalia dispersa” y “Animalia del sentimiento”.
            Juan Díaz encontró la manera de trasladarse en el tiempo e instaurar sobre el dominio del hombre salvaje un erotismo real. Así vive una “Tempestad en Salamanca”:
            “(Luego de un mes entero de aguaceros el río amenaza romper diques, desbaratar puentes y arrasar el centro histórico)
            (…) Se inunda la casa, afuera los gritos apurados, levantando muebles al segundo piso. Gritas, aúllas.
            (…) Reventaron las presas, el torrente sórdido arrastra todo lo que a su paso encuentra. De espaldas a mí, veo tu perlado sudor fluyendo a partir del nacimiento de la nuca, sujeto tu cabello, tu cadera resbala de mi mano, y ya no te siento, desbordo (…) lo mismo arrastro todo lo que a mi paso se interpone…”
            El psicólogo mira en nuestro interior: en la lucha de la animalidad que mueve hay una humanidad que salva. Eros en el arca de Noé. ¿Y los muertos por agua? El ímpetu reproductivo además es bello. El río se desborda, pasa rugiendo destructivo. La muerte es aceptable a cambio de la vida y ésta tiene una representación estética.
            Hay en la poesía mexicana un antecedente: El tigre en la casa (1970), de Eduardo Lizalde, poemario al que siguieron La zorra enferma (1974) y Caza mayor (1979). Juan Díaz va más lejos. En Animalias, en 120 páginas, hay materia para un largo ensayo, un capítulo para la historia universal del erotismo.
            En el poema “Testigos oculares”, Juan Díaz escribe:
            “… esparces tus trapos por todo el cuarto, te desvistes igual serpiente, igual oruga.”
            Para su lectura tenemos que ir enlazando cada parte para llegar al fin a una poesía que no es paisaje ni collage, sí un jardín de las delicias. Fuera del manicomio, entre animales y humanos, las profecías son como un torneo de ajedrez. ¿Por qué Eva? ¿Por qué el silencio previo a su llegada? ¿Por qué el horror junto a ella? Y así, la sucesión de coitos y pesadillas.